Bésame…, bésame mucho

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Durante mucho tiempo el acto de besarse estaba prohibido

Varios fueron los sujetos escogidos para esta pequeña encuesta, en la cual el azar fue el único criterio de selección. Las respuestas fueron diversas y, de manera casi absoluta, primó la reacción inicial: una sonrisa entre burlona y nerviosa por parte de los interpelados. Y es que el solo hecho de hablar del beso provoca un placer que pocos pueden y quieren disimular.

La humanidad casi siempre busca el porqué y los orígenes de todo cuanto existe. El beso no queda excluido. Así, aparece como una instintiva forma de mostrar afecto, y lo da por primera vez la madre a su hijo. Otras numerosas interpretaciones buscan el origen en el impulso de succión del bebé o la costumbre de tribus primitivas de olfatearse y olerse. Pero, ¿y el beso de amor?

En este sentido, algunos estudiosos plantean que las civilizaciones antiguas no lo conocían y que fueron los exploradores, viajeros y misioneros occidentales quienes se encargaron de difundirlo por todos los confines del planeta.

Otros, por su parte, prefieren adscribirse a la afirmación del griego Plutarco. El célebre historiador, que vivió entre los años 50-125 d.n.e., relata que los seres humanos comenzaron a abrazarse y a besarse debido a una ley promulgada por los romanos, mediante la cual se prohibía a las damas tomar vino. Por tal razón, todos los días los esposos debían verificar el aliento de sus mujeres para comprobar si había rastro que descubriese la ingestión del néctar proscrito.

Pero parece que ese sistema no dio mucho resultado, y pronto se implantó otra ley más rígida: se ordenó que, además de aspirar el aliento, los caballeros romanos debían rozar los labios de sus esposas y cerciorarse bien de que no había en ellos vestigios del sabor a la bebida.

Varios fueron los sujetos escogidos para esta pequeña encuesta, en la cual el azar fue el único criterio de selección. Las respuestas fueron diversas y, de manera casi absoluta, primó la reacción inicial: una sonrisa entre burlona y nerviosa por parte de los interpelados. Y es que el solo hecho de hablar del beso provoca un placer que pocos pueden y quieren disimular.

La humanidad casi siempre busca el porqué y los orígenes de todo cuanto existe. El beso no queda excluido. Así, aparece como una instintiva forma de mostrar afecto, y lo da por primera vez la madre a su hijo. Otras numerosas interpretaciones buscan el origen en el impulso de succión del bebé o la costumbre de tribus primitivas de olfatearse y olerse. Pero, ¿y el beso de amor?

En este sentido, algunos estudiosos plantean que las civilizaciones antiguas no lo conocían y que fueron los exploradores, viajeros y misioneros occidentales quienes se encargaron de difundirlo por todos los confines del planeta.

Otros, por su parte, prefieren adscribirse a la afirmación del griego Plutarco. El célebre historiador, que vivió entre los años 50-125 d.n.e., relata que los seres humanos comenzaron a abrazarse y a besarse debido a una ley promulgada por los romanos, mediante la cual se prohibía a las damas tomar vino. Por tal razón, todos los días los esposos debían verificar el aliento de sus mujeres para comprobar si había rastro que descubriese la ingestión del néctar proscrito.

Pero parece que ese sistema no dio mucho resultado, y pronto se implantó otra ley más rígida: se ordenó que, además de aspirar el aliento, los caballeros romanos debían rozar los labios de sus esposas y cerciorarse bien de que no había en ellos vestigios del sabor a la bebida.

Se necesitarían varias cuartillas para relatar cada una de las hipótesis sobre el surgimiento del beso, pero lo importante es que ha trascendido por su “valor” incalculable para propiciar uno de los mayores placeres durante la interrelación con otra persona. Incluso, en la actualidad, se podría considerar un eficaz remedio para el estrés con que se vive.

Según la articulista Pia Rajevic, del periódico chileno El Mercurio, un buen beso provoca una verdadera revolución en nuestro cuerpo: quema entre tres y 12 calorías; pone en movimiento nada menos que 12 músculos de los labios y otros 17 de la lengua; hace que las pulsaciones cardíacas pasen de 70 a 140 por minuto, y además, produce una serie de procesos químicos que se responsabilizan placenteramente del organismo. Los biólogos, por su parte, explican que un beso intenso aumenta la secreción de dopamina (la cual genera una sensación de bienestar) y de testosterona (asociada al deseo sexual).

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Besos arbitrarios
Todo está muy bien, pero, ¿es sensato convertir al beso en un acto tan cotidiano y vulgar que nos impida distinguir a quién se lo ofrecemos o en qué lugar propiciarlo?

Prometo alejarme de los sermones, pero es importante que recuerdes que los límites y el respeto son necesarios. El acto de besar no es un concurso de popularidad o una obra de arte que haya que exhibir, y mucho menos de una manera tan expresiva como de manera creciente vemos en las calles.

No es cohibirte del placer de besar a tu pareja mientras caminan, esperan una guagua o conversan en una esquina. Es, simplemente, tener un poco de sentido común para darse cuenta de cuándo deja de ser un gesto tierno y pasa a convertirse en un acto de la más evidente vulgaridad.

Ya sé que esperas un consejo, pero no te voy a hablar de cómo poner la cabeza o los labios, y mucho menos referirme a las últimas técnicas besatorias.
Sería muy ilusa si intentara indicarte, a través de estas líneas, qué hacer. Las técnicas son propias y la manera de besar varía por muchos motivos: desde la persona a quien vas a besar, hasta el lugar y la hora que escojas para hacerlo. Por ello solo te puedo exhortar a que lo asumas como un acto de pleno placer, y nunca para demostrar cuánta experiencia tienes haciendo esto o lo otro.

Las técnicas son propias, y a besar se aprende besando. Claro, evita a cualquier persona desconocida que encuentres en un parque, una fiesta o la escuela. Recuerda que el beso es un acto de intimidad y una muestra de amor.

Escrito de

ISABELLE

 

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