¿Es verdad que los niños son como esponjas?

La mente de un niño no es un cubículo vacío. No es un armario donde uno puede llenarlo a voluntad de infinitos objetos, libros y materiales. El cerebro humano no engulle sin más la información que recibe de su entorno: la procesa, la desmenuza, la interpreta y debe darle un significado. El aprendizaje, además, es un proceso activo que se vincula directamente con las emociones.

Nuestros niños necesitan buenos cimientos a partir de los cuales ir consolidando su aprendizaje. No basta solo con llenar, hay que crear unas buenas bases partiendo del afecto o la seguridad. Hay que incentivar a su vez la curiosidad, el juego, el entusiasmo, la alegría por interaccionar con todo aquello que le envuelve. Este es sin duda el auténtico secreto.

«Para cuidar el cerebro lo más importante es el afecto».

-Álvaro Bilbao-

Los niños son como ‘esponjas’, una idea que debe ser reinterpretada

Como padres y madres, si hay algo que deseamos de nuestros niños es que sean felices. Ahora bien, en los últimos años también deseamos algo más: que estén bien preparados para las demandas del futuro. Algo así nos invita en ocasiones a desear que asuman determinadas competencias lo antes posible: lectura, escritura, matemáticas, dos idiomas extranjeros…

Casi sin darnos cuenta, en ese afán por educar niños potencialmente brillantes lo que conseguimos es criar pequeños hiperestimulados y con nivel de ansiedad mayor que el de sus padres. Nos han convencido durante años de que los niños son como esponjas y, por tanto, vamos acelerando etapas en su desarrollo sin saber que el cerebro también tiene sus tiempos y, sobre todo, sus necesidades.

Un cerebro con potencial pero sensible a la estimulación excesiva

Es cierto que el cerebro de un niño cuando llega al mundo presenta un gran potencial. Tras el nacimiento y hasta los 7 meses, miles de neuronas se desplazarán desde el interior del cerebro hacia su lóbulo frontal. Más tarde y hasta llegar a los 3 años este órgano tendrá su umbral máximo de plasticidad.

 
  • Estudios, como el llevado a cabo por el doctor Arthur Toga de la Universidad de Texas y publicado Cell, por ejemplo, nos permiten incluso ver todo el mapeo cerebral de un niño durante proceso madurativo.
  • A través de resonancias magnéticas se ha descubierto que hasta los 10 años, el consumo de glucosa del cerebro de un niño duplica al de los adultos. Y la razón de ello está en el coste energético ocasionado por esa elevadísima conexión neuronal experimentada en esa primera década de vida.
  • Ahora bien, hay un dato que debemos comprender. Tal y como nos explica el doctor Arnold Scheibel, director del Instituto de Investigación del Cerebro de UCLA, el aprendizaje de un niño debería ser un ‘banquete’, algo festivo, nunca una experiencia estresante. Así, cuando el nivel de estimulación es excesiva, el cerebro libera cortisol, la hormona del estrés, algo muy contraproducente para el desarrollo infantil.

Respetemos tiempos, fomentemos emociones y permitamos el juego

En una sociedad basada en la inmediatez y la competitividad, muchos padres quieren que sus hijos asuman determinadas competencias lo antes posible. De esta manera, muchos pequeños terminan con agendas más pobladas de actividades que los adultos.

Así, el juego se ha desvirtuado. Parece que los juegos que no enseñan no tienen sentido, cuando el principal propósito del juego en la infancia es la diversión y el disfrute. El reflejo de esta política lo tenemos en muchos de esos niños a los que les ponemos la etiqueta de hiperactivos. No siempre logramos que nuestro niño sea el más brillante y aún menos, el más feliz.

Es cierto que el cerebro de nuestros pequeños tiene un gran potencial, pero como todo órgano en fase de maduración tiene sus tiempos. Es tarea imposible enseñarles a leer o escribir si primero no han madurado esas estructuras visuales que les permitan enfocar, discriminar e interpretar símbolos. Tampoco cuando no han trabajado la coordinación mano-ojo.

Adelantar etapas no sirve de nada si no hay cimientos

En Finlandia, entre los 0 y los 6 años no se priorizan las competencias lectoescritoras. En los centros educativos se trabajan otras aptitudes, esas que le servirán a un niño a edificar buenos cimientos cerebrales con los que más tarde, favorecer el aprendizaje. Pero, ¿en qué consisten esas otras aptitudes?

  • El juego.
  • El movimiento, la motricidad gruesa y la motricidad fina.
  • La interacción social.
  • El desarrollo y afinamiento de los sentidos.
  • La inteligencia emocional.

Para concluir, si bien es cierto que la primera década de vida de un niño es clave para su favorecer desarrollo, no hay que derivar nunca en la hiperestimulación. No podemos descuidar la importancia del juego simbólico, de potenciar su espíritu creativo, de fomentar una buena inteligencia emocional, de favorecer el movimiento, la interacción con su entorno, la curiosidad, el placer del descubrimiento…

Por tanto, reformulemos la idea de que los niños son como ‘esponjas’. Nuestros pequeños son ‘personas’ que merecen las máximas oportunidades de aprendizaje, así como nuestro afecto y la oportunidad de disfrutar de la mejor infancia. Sin presiones, sin idealismos.

Tomado de: La Mente Maravillosa

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